
Desde 1881 vivo pensando. Primero en París. Luego me multipliqué alrededor del mundo. Un día de los primeros años del siglo XX, me senté en la plaza frente al Congreso de la Nación Argentina y desde ahí no me moví nunca más. Vi de todo. Marchas, contramarchas, tiros, aplausos, llantos, bronca. Vi palomas, banderas, bombos, colchones, aerosoles pintando mi cuerpo. Vivir acá nunca fue sencillo. Pero nunca me importó mucho. Siempre supe que las tareas fascinantes tienen su costado de riesgo. Por eso pienso. No como. No duermo. Pienso. Y mientras lo hago escucho debates. Escucho gritos. Acusaciones. Veo encrucijadas. Tramadas. Alianzas adineradas. Alianzas apasionadas. Escucho propuestas. Debates sin debate. Ideologías caprichosas. Votaciones interesadas. Y en el medio aparece la justicia. La ley. Pienso. Sigo pensando. Leyes para la gente. Para la mayoría. Y al lado mío hay gente durmiendo con hambre. Y pienso. Sigo pensando. Cuándo debatirán por ellos. Cuándo gritarán para ellos. Cuándo saldrá una ley que se convierta en comida. Pienso. Nací para eso. Para pensar. Algunos me llaman “El pensador”. Y hay veces que los apodos no necesitan más poesía. Soy eso. Nací para eso. Y pienso si adentro piensan. Y pienso si adentro se sientan a pensar. Los gritos aturden el alma. Los gritos ensordecen. Quién escucha a quién. Quién se interesa en quién. Y los proyectos para la ciudadanía. O los proyectos para la estrategia futura. El hoy como hoy en base al mañana. Pienso todo esto en voz alta. No tengo otra cosa que hacer. Tampoco me animo a moverme. Menos a entrar. Quizá mi vida sea esta. Quizá mi vida sea pensar.
Un día me contaron que mi creador Rodin me pensó en base a uno de los personajes de la Divina Comedia. Yo buscaba representar a Dante frente a las puertas del infierno. El pensador piensa. El infierno. El destino. Las puertas del fuego eterno. Me quemo. Y pienso. Si entrar. O no. O quedarme pensando por el resto de mi vida. El infierno arde y mi cerebro piensa. Y acá sigo pensando. En la puerta. Pienso en la puerta del infierno. O del cielo. O del infierno. Quién sabe. El fuego quema. Pero protege. El fuego arde. Pero ilumina. El fuego destruye. Pero une. Y acá sigo pensando. En la puerta del infierno. O del cielo. O del fuego que me derrite. Pero me abriga. Y pienso si adentro piensan. Y pienso si es el infierno o el fogón que pocos hacen para el frío de muchos.

Caminan como volviendo del fracaso de una guerra. Y el coronel no lo asume. Silencio, carajo. Caminen, carajo. Te dije que no, carajo. No hay posibilidad de fuga, tampoco de ausentarse. El pelotón avanza por las veredas porteñas llevándose puesto casi todo y cagando en lo que resta. El perro de departamento tiene tanta rebeldía como un chico que decide entrar en la escuela militar. Camina cabizbajo, como oficinista de microcentro porteño. Y en el momento que decide cagar tranquilo el coronel lo tira de la correa.








