martes 29 de diciembre de 2009

Gotas de un pensador



(Publicado originalmente en el informe especial de "Recambio legislativo" que hicimos en politicargentina.com)

Desde 1881 vivo pensando. Primero en París. Luego me multipliqué alrededor del mundo. Un día de los primeros años del siglo XX, me senté en la plaza frente al Congreso de la Nación Argentina y desde ahí no me moví nunca más. Vi de todo. Marchas, contramarchas, tiros, aplausos, llantos, bronca. Vi palomas, banderas, bombos, colchones, aerosoles pintando mi cuerpo. Vivir acá nunca fue sencillo. Pero nunca me importó mucho. Siempre supe que las tareas fascinantes tienen su costado de riesgo. Por eso pienso. No como. No duermo. Pienso. Y mientras lo hago escucho debates. Escucho gritos. Acusaciones. Veo encrucijadas. Tramadas. Alianzas adineradas. Alianzas apasionadas. Escucho propuestas. Debates sin debate. Ideologías caprichosas. Votaciones interesadas. Y en el medio aparece la justicia. La ley. Pienso. Sigo pensando. Leyes para la gente. Para la mayoría. Y al lado mío hay gente durmiendo con hambre. Y pienso. Sigo pensando. Cuándo debatirán por ellos. Cuándo gritarán para ellos. Cuándo saldrá una ley que se convierta en comida. Pienso. Nací para eso. Para pensar. Algunos me llaman “El pensador”. Y hay veces que los apodos no necesitan más poesía. Soy eso. Nací para eso. Y pienso si adentro piensan. Y pienso si adentro se sientan a pensar. Los gritos aturden el alma. Los gritos ensordecen. Quién escucha a quién. Quién se interesa en quién. Y los proyectos para la ciudadanía. O los proyectos para la estrategia futura. El hoy como hoy en base al mañana. Pienso todo esto en voz alta. No tengo otra cosa que hacer. Tampoco me animo a moverme. Menos a entrar. Quizá mi vida sea esta. Quizá mi vida sea pensar.

Un día me contaron que mi creador Rodin me pensó en base a uno de los personajes de la Divina Comedia. Yo buscaba representar a Dante frente a las puertas del infierno. El pensador piensa. El infierno. El destino. Las puertas del fuego eterno. Me quemo. Y pienso. Si entrar. O no. O quedarme pensando por el resto de mi vida. El infierno arde y mi cerebro piensa. Y acá sigo pensando. En la puerta. Pienso en la puerta del infierno. O del cielo. O del infierno. Quién sabe. El fuego quema. Pero protege. El fuego arde. Pero ilumina. El fuego destruye. Pero une. Y acá sigo pensando. En la puerta del infierno. O del cielo. O del fuego que me derrite. Pero me abriga. Y pienso si adentro piensan. Y pienso si es el infierno o el fogón que pocos hacen para el frío de muchos.

jueves 10 de diciembre de 2009

Gotas de un juego


El tiempo se detiene a unas pocas cuadras del corazón más latiente de la Argentina. Un señor mueve una ficha después de un largo pensamiento. Minutos. Ese pensamiento quizá dure minutos. Los mismos que tiene el motoquero de la esquina para comerse el único pancho del día. Los mismos que calcula la señorita esa en llegar desde Catedral a Facultad de Medicina para que no la reten. Y el señor mueve la ficha. Y el otro mira el tablero. Alrededor no pasa nada. Alrededor pasa todo. Alrededor no hay nadie. Alrededor hay piernas maratónicas, corazones percusivos. La ciudad trota y en el medio un juego. El juego. Lo único que te saca la corbata del alma. Tiempo inútil. Destemplado. Tiempo inmaduro. El otro señor responde moviendo otra ficha. Su rival se acaricia la cabeza. Se escuchan colectivos, teléfonos, bocinas. Se huele asfalto. Se siente ritmo. Ciudad de candombe, de murga, de bandejas electrónicas movedizas. Ellos se borran del planeta. Y las fichas se deslizan por cuadraditos de colores. Y las fichas les consumen el cerebro. Y las fichas juegan a la guerra en el medio de otra guerra. Jaque. Mate. Facturas. Tabaco. El tiempo se detiene a unas pocas cuadras del corazón más latiente de la Argentina, donde dos señores se burlan de la carrera virtual.

domingo 6 de diciembre de 2009

Gotas de amor

-Y hoy voy a llevar a la nena al programa de Julián.
-¿Para el chupetómetro?
-Sí, está como loca. Cada vez que escucha la voz de Julián en la tele va corriendo y se sienta adelante, ¿podés creer?

El taxista Rubén maneja despacio, como si el aire porteño no entrara en sus pulmones. Dice que “cuando hay quilombo en el centro” prefiere no meterse. “Y hoy menos que tengo que llevar a la nena ahí al canal, a Martinez”, cuenta mientras escucha un tema romántico que ofrece FM VALE.

-Mi vieja me llevó a dejar el chupete a lo de Carlitos Balá, no me lo olvido más. Pero este nada que ver con el Balá
-¿Por qué?
-No sé, dicen que es medio carga el tipo. Que se apaga la cámara y la ortiva, como Pettinato o Tinelli.
-Pero a su nena le gusta.
-Sí, me acaba de llamar mi mujer para contarme que está re ansiosa.
-¿Pero ya dejó el chupete? ¿Cuántos años tiene?
-Sí, hace un montón, tiene 5 años ahora. Pero va a llevar el chupete que usaba de bebé. La nena lo dejó a los 3 años el chupete, es re buena, nunca nos hizo ningún problema con mi mujer.

Son las siete de la tarde. Afuera llueve y la combinación de lluvia y tráfico es como la de sandía y vino tinto. No avanzamos. Nadie puede avanzar. Rubén se preocupa por el tiempo. Mira el reloj del auto y suspira. "Te dejo y rajo para allá, me muero si no llego", dice y con cierto temor pienso que la frase puede llegar a ser literal. Rubén sigue hablando de su hija mientras un hilito de saliva va inundando de a poco el taxi. Que el jardincito. Que su risa. Que los juegos. Que los amiguitos. Que los dientes. Que las muñecas. Que su vida. Que el pesito a pesito. Que la casa propia. Que la alegría. Que el futuro. Que su abrazo. Que sus besos. Y suena el teléfono. Hola miamorcito. Sí, sí enanita termino el último viaje y salgo para allá. ¿Estás preparada? ¡Qué bueno! Sí, avisales dale. Bueno en un ratito estoy allá. “Era la nena”, afirma y yo abro la billetera para pagar y despedirme del océano ensalivado más increíble del planeta.

miércoles 2 de diciembre de 2009

Gotas de perros tristes


Caminan como volviendo del fracaso de una guerra. Y el coronel no lo asume. Silencio, carajo. Caminen, carajo. Te dije que no, carajo. No hay posibilidad de fuga, tampoco de ausentarse. El pelotón avanza por las veredas porteñas llevándose puesto casi todo y cagando en lo que resta. El perro de departamento tiene tanta rebeldía como un chico que decide entrar en la escuela militar. Camina cabizbajo, como oficinista de microcentro porteño. Y en el momento que decide cagar tranquilo el coronel lo tira de la correa.

Y ahí van, en manada, pegaditos uno al otro sin conocerse. El paseo es al perro lo que el subte al ser humano. Pero todo tiene un destino. El coronel los lleva. Después de asfalto y calles porteñas llega la libertad, llegaron a la plaza. El coronel los suelta y los más ilusos corren. Los otros, deprimidos, saben que ese momento es una pequeña fantasía en el medio de una vida sin salida. 10, 15, 20 minutos de felicidad. Y vuelve la correa. Y vuelve la caminata de la muerte. Y vuelve la vereda cagada por ellos mismos. Y vuelve la jefa con sus besos. La comida de mierda empaquetada. Los 80cm de aire libre en el balcón. Y vuelve la angustia. Y otra vez la noche. Y de nuevo el día. Tocan el timbre. Es el coronel con su correa. Es el coronel que los maneja como te manejan todos los días. Y vos caminás hacia el trabajo. Y ellos hacia la mentira. El coronel se transforma en titiritero. La correa como dominio. Los soretes como rastro del apuro. Los ladridos agudos como llanto. Y la caminata como el escape de una vida inmobiliariamente triste.

jueves 12 de noviembre de 2009

Gotas de floristas nocturnos


Dormitan. La cabeza cae de a poquito para un costado y cuando está a punto de tocar el hombro vuelve a levantarse como el reflejo de una rodilla golpeada por el doctor. Dormitan dentro de un cubículo rodeado de flores. Parecen muertos. La gente pasa por las veredas lista para conciliar el sueño mientras ellos pelean contra él. Nadie sabe si venden de noche. Nadie sabe si la teoría de la falopa es cierta. ¿Dónde están los clientes? Las flores son un producto poli-mercado: conquistan a una chica y despiden a un muerto. Se me ocurre que a la noche el único comprador es el desesperado por ponerla. Ya probé por todos los caminos, lo último que me queda son las flores. O quizá aparezca el anticipado, ese que quiere sorprender a alguien dejándole las flores para cuando se despierte. ¿Y el asesino? ¿Por qué ninguno deja flores al costado de los fiambres triturados?

Los floristas tienen la dura misión de apaciguar la vergüenza. Para un hombre ir a comprar flores es como para un adolescente comprar forros, con la diferencia de que éstos se guardan en el bolsillo y chau. Las flores nos acompañan por el camino y sentimos que el mundo nos mira desde el google earth. Que dentro de los autos se están armando un festín con la imagen de ese boludo caminando con un ramo de plantitas de colores para la novia, o peor aún, para la mamá. Los floristas lo saben y más de uno debe disfrutar de ese sutil sufrimiento del cliente.

Pero los floristas de la noche viven otro tiempo. La ciudad duerme y ellos también quieren hacerlo. Acomodan su espalda en la silla. Colocan sus piernas en otra. Y arman lo que pueden. De vez en cuando escuchan algunos pasos de cerca y reaccionan. La noche es la lucha entre ellos y el sueño, entre sus productos y los fantasmas que los compran. La noche es el entierro de su esquina de flores arrancadas que simulan vida. Quizá el comprador de noche es el que tiene vergüenza de hacerlo de día. Quizá el vendedor de noche es el que no puede apaciguarla. Los floristas duermen y las flores mueren esperando que alguien ponga plata para el entierro.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Gotas de viajes urbanos


Se consume, como un pucho, como una coca-cola, como un laxante. Algunos se pasan volando y otros duran milenios. El tiempo del viaje urbano no entra en ningún lado. Es el tiempo suspendido. El tiempo permitido para no hacer nada. Para mirar por la ventana. Para mirar a la gente e imaginar sus vidas. Para leer un libro tranquilo. Para escuchar música sin culpa. Para hacer cosas que no produzcan productos. Para consumir un tiempo inútil. Para pensar sin tiempo. Para no mirar el reloj. Para ver los niños escondidos en los pulgares que juegan con los celulares. Para observar la calle. Para ver cómo pasan los autos, los oficinistas, los viejos, los novios, las motos, las pizzas dentro de las motos. Es el tiempo suspendido. Es el tiempo quejoso. Es el tiempo compartido. Muchos sin poder hacer nada. Muchos en un mismo vagón. Sobre cuatro ruedas. Nos miramos. Nos bostezamos. Nos puteamos. Nos guiñamos. Nos apoyamos. Nos leemos. Nos espiamos. Nos seguimos. Nos robamos. Nos vendemos. Nos compramos. Nos perdemos. Nos ayudamos. Nos charlamos. Nos escuchamos. Nos dormimos. Nos caemos. Y hay tanto para hacer, tanto tiempo sin necesidad de justificar, que no sé por dónde se empieza.

sábado 31 de octubre de 2009

Gotas de brujas


Los nenes van agarraditos de las nenas y una señorita disfrazada de gran calabaza les dice que “come on” que “beware of the street”. Van llegando en filita desde no sé dónde hasta su jardín de infantes en el barrio de Belgrano. Una casa antigua vestida de jardincito con sus juegos en miniatura y unas sillas de 30 centímetros que los esperan en ronda. Los nenitos y las nenitas que apenas pueden llamar a sus mamás para que les limpien la cola después de hacer caca, hablan en un inglés equivalente al de mis 10 años de estudio. Una nena le enseña a otra la escoba que trae con su disfraz de bruja. Los nenes se asustan entre sí con sus colmillos vampirescos. Y las señoritas más que señoritas empiezan a jugar en las mentes de los transeúntes como actrices de una película de terror pornográfico infantil.
Los nenas y las nenas llegan a la ronda y empiezan los juegos in english. El guardia de seguridad se asegura de que no haya ningún intruso mirando cosas que no hay que mirar. Pero el jardincito tiene su patiecito abierto a la comunidad, resguardado por unas rejas chiquitas como sus clientes y unos cartelitos in english, oh my god, all in english, que anticipan desde hace algunas semanas esta gran fiesta de Halloween. Los vecinos miran. Algunas señoritas se dejan mirar. Corren. Cantan canciones. Canciones in english. Y se reparten las golosinas de la noche de brujas en medio de un mundillo globalizado que los espera para enseñarles algunas hechicerías.

jueves 29 de octubre de 2009

Gotas de un mercado


Los anteojos ray ban del gringo silencian la poca luz del pasillo. De vez en cuando, algún flash europeo ilumina los objetos. El teléfono que tu abuelo esperó con entusiasmo. Los frascos de caramelos. Las muñecas que de tan antiguas empiezan a verse malditas. Y en el fondo la carne, la Argentina, la carne. El tomate. La lechuga. El pomelo. La manzana. La berenjena. La banana que respira a centímetros de una muñequita sin aire. La milanesa que se baña en pan rallado a pasos de un vestido que alguna vez juró amor eterno. Y los vendedores. Los dueños. Las historias. Las almas. Las manos que ponen un disco de vinilo a una cuadra de algunos bares con wi-fi. Las manos que compran y venden historia como quien lo hace con unas galletitas. Lo que fue. Lo que es. La computadora en la que escribo hoy. Adorno del mañana. El teléfono en el que hablaban ayer. Fetiche del hoy. Y empiezan comprando alguna cosita. Un autito del año 50. Compra y venta. Los vendedores esperan en sus locales. Conviven bajo un enorme cielo de chapa. Cada uno con su especialidad. Con su brecha de mercado. Los objetos del pasado tienen algo. Pasados eternos. Los objetos del pasado duraban años. Los abuelos se quejan. Y dicen que su heladera los acompañaba de por vida. En los pasillos del Mercado hay vida eterna. Y yo me pregunto si el mp3 que me compré hace 2 años ya está para ofrecerlo en alguna de las tiendas.

Foto: Malena Sánchez Moccero

jueves 18 de diciembre de 2008

Prefiero las comidas lentas


Patio de comidas rápidas. Devoro y corro. Ayer comí ahí y el libro que tenía en mi mochila de Hesse para suavizar las dos horas sándwich no fue necesario. Terminé mi comida rápida y miré y escuché y recopilé.


Una madre llega a la mesa con una bandeja de Mcdonald’s. Abre la cajita infeliz de su niña de no más de tres o cuatro años y saca las patitas de pollo. Una por una. Las rompe a la mitad. Una por una. Con la histeria de un pornoco. Las rompe a la mitad y las pone bien a la luz. La nenita le dice que no, pero ella sigue. “Quiero ver si están bien cocidas”, le dice. Deja las ocho mitades en una servilleta y con furia las vuelve a meter en la cajita. Se para. Va a la caja. Y no escucho lo que dice. Pero me imagino. A los tres minutos vuelve con otra cajita y repite el acto. Está vez está todo bien, y la nenita empieza a comer, mientras su madre devora unas papas fritas que siento que reemplazan lo que realmente necesita.


Dos gorditos de diez años esperan a su madre. Después de unos minutos llega con una bandeja y alguno de esos sándwiches de pollo que sacó Mcdonald’s. “No están sacando carne”. Y agarrate catalina. El gordito rubio enloquece. “¡¡¿Cómo que no mamá?!! ¿Y por qué no compraste otra cosa?” El otro gordo agrega: “Yo ni loco como esto”. La madre resignada. No habla. No mira. Solo come su coso de pollo. El gordo rubiecito se levanta, le pide plata con la intención de ir a comprar otra cosa, pero la madre resignada. No habla. No mira. Solo come.


Dos teenager con dejos de casi ángeles y más accesorios que el arbolito de navidad que armó mi vieja el otro día, caminan por el patio de comidas en busca de una mesa. Se paran en la de al lado mío, pero hay un problema: no tiene sillas. La teenager más teenager de las dos, con un peinado más trabajado que todos los tomos de física cuántica de la Biblioteca Nacional, llama a una de las chicas que levanta las bandejas de las mesas y le dice: “No hay sillas acá”. Lástima que las palabras escritas todavía no puedan emitir sonidos. Lástima que la comunicación no verbal no pueda ser expresada en este blog. Pero para que se den una idea, lo dice con la misma entonación que la Legrand cuando reta a alguien, o Chiche Gelblung cuando denigra a sus empleados. La chica de limpieza la mira resignada, y yo pienso qué carajo pensará por dentro.


Una niña muy niña, de no más de dos años, abre con ansiedad el regalito que viene en la cajita feliz. Es un león de peluche bastante divertido. La madre lo agarra y juega. La niña ríe. La madre lo agarra y lo utiliza de títere. La niña ríe tanto que le convida al león unas papas fritas. El león las come contento. La madre también. La función sigue unos minutos más y es la última que veo en este patio de comidas. Me voy con la imagen del león hablándole a la niña y endulzo un poco el sabor amargo que me dejó el café sin azúcar.


Prefiero las comidas lentas, ¿y vos?

jueves 11 de diciembre de 2008

Ropa exterior


Piense usted señora,
que más que bombachita tiene bombachón,
que su vida interior ya se vende como una papa, un tomate o un melón.
También piense usted señora,
que más que tanguita tiene un tangón,
que sus partes íntimas serán recubiertas por partes públicas que descansan como soretitos de perro en el medio del peatón.

Esté atenta usted señora,
no vaya a ser que piense que la vereda también oficia de probador,
su tremendo culo podría asustarnos al probarse ese bombachón.
Y fíjese bien usted señora,
que el corpiño rojo llama la atención.
Quizá le sirva al pito de su marido para levantarse del siestón.

No se olvide usted señora,
con su culito celulítico y cremón,
que tal vez sea mejor comprar en la calle,
para no ver las fotos de la Prandi o la Pradón.
Escuche usted señora,
con sus tetas paraditas ahora con forma de lagrimón,
que el conjuntito violeta podría devolverle una alegría
o ese grito olvidado del Oooh!

Recuerde usted señora,
que estas palabras no quieren malinterpretación,
más vale ver su culito tapado,
que sin ropa interior.
Y también recuerde usted señora,
que estas palabras solo buscan entender la decisión,
de comprarse una bombacha o un corpiño,
en el medio del montón
(sin vergüenza y sin pudor).

jueves 4 de diciembre de 2008

Si imprimís este artículo tenés un 20% de descuento en el complejo Tita Merello


Si Marx se levantara de su tumba para dar una vueltita por alguna avenida porteña o visitar un shopping, cambiaría el concepto de religión por el de “los descuentos son el opio del pueblo”. Descuento aquí, descuento allá. Si comprás dos te llevás tres, y si te comprás tres te regalamos un viaje en lancha por las islas del tigre. ¿Y si solo buscaba un calzoncillo?

El porcentaje de descuento es al consumidor lo que la sorpresita del huevo kinder es al niño, o lo que los "pases gratis" a los boliches de bariloche son al adolescente. Nos alegramos, sentimos que por fin alguien nos regala algo, que por fin les cagamos unas moneditas a esos crueles empresarios capitalistas que nos cortan las piernas todo el año, pero pará...¿vos qué galletita comiste hoy? Y bueno, la inflación. Y bueno, la crisis. Y aparece el Dios Promo y la palabra más utilizada de su reino: “Aprovechá”. Que 15, que 20, que 25, que 30, que 40% de descuento!!!! Que en una, que en dos, que en tres, que en seis cuotas sin intereses!!! ¿Y si en vez de gastar tanto en la impresión de cartelitos rojos y enormes del Dios Promo bajamos un poco los precios? ¿Y si solo buscaba un calzoncillo?

jueves 20 de noviembre de 2008

Entrando al verano


Viento y esquinas. Frío. Extraño el invierno. Buenos aires es una ciudad invernal, ¿o todavía no se dieron cuenta? Buenos Aires es lluvia y café. Es la avenida Corrientes encapuchada hasta las bolas. Es el mozo trayendo un submarino más grande que la angustia. Es la bufanda evitando que digamos boludeces. Buenos Aires es gente trotando por microcentro para calentar sus huesos. Es la sopa de la noche. Es encontrarse, abrazarse, besarse y sentarse en un café. Es las mil prendas que nos convierten en patovicas urbanos. Es el cielo gris que nos llama a leer una aguafuerte de Arlt. Es el paraguas roto que se vuela cruzando la avenida. Es el humo infinito del cigarrillo que se mezcla con el vapor humano. Es las ganas de llegar a algún lado. Es la motivación para escribir sobre lo único que vale la pena ser escrito. Buenos Aires es una ciudad invernal, ¿o todavía no se dieron cuenta? El calor es mal humor que se derrite hasta las pelotas. Es subte que actúa de horno nazi. Es tener una única y sola amistad: el aire acondicionado. Es alegría, puede ser, pero la alegría sin dudas es brasilera. Es perder la magia del abrazo. Es la falta del calor humano. Es la falta de sangre. Buenos Aires es mejor con ese cielo oscuro, o por momentos blanco. Un cielo que solo escupe ráfagas de frío, como acentuando la tristeza, lo único que vale la pena ser escrito.

sábado 11 de octubre de 2008

Bolsa de cartón


Caen las bolsas. El fin del mundo llega en cuadraditos verdes. También faltan monedas. Las venden. El otro día mi vieja fue a hacer las compras al mercadito de la esquina, y como no tenían monedas para el vuelto, le dieron una banana. Cayó a casa con una banana man. Está pintando el trueque. Te cambio una pulsera por un sweater. Te cambio un beso por una empanada. Y el fin del mundo llega en forma medieval.
Caen las bolsas. No entiendo absolutamente nada. Veo fotos de tipos trajeados llorando. Lloran. Ven una pizarra electrónica que cambia algunos números y lloran. Caen bolsas repletas de plata y empieza a desmoronarse todo. De EE.UU al mundo, y del mundo a la nada. Caen las bolsas y alarman: Crisis mundial. ¿Y si esto se llama crisis lo de antes que era? Crisis mundial: Algunos multimillonarios pasarán a ser millonarios. Cae una bolsa, y caen las demás bolsas. El mundo se transforma en un gran dominó repleto de fichas inocentes que caen, caen y siguen cayendo, mientras dos, tres, o cuatro jugadores miran y lloran. En unos minutos volverán a jugar contentos.

lunes 16 de junio de 2008

Estar-buckisado


Estamos starbuckisados. Nacimos para eso. Cuando vivía en el interior del país, si alguien viajaba hacia la gran capital, el saludo de reencuentro era sencillo y directo: “¿Viste algún famoso?”. Es que estamos starbuckisados. Nos encanta. Consumimos películas, series televisivas, revistas de peluquería y queremos lo mismo. Eso. Justamente eso quiero. Y no pienso quedarme atrás. ¿Hay cola? Me la banco. Me la banco porque estoy starbuckisado y eso significa aguante: Hacer una cola de 40 minutos para tomar el mismo café que vi en esas películas yankees que toman un café del tamaño de una coca cola gigante en un partido estúpido de beisball, pero dos veces más caros que un café argentino. Estar starbuckisado no es sencillo, no es para todos. Paciencia. Hay que tener paciencia. Seguir el ritmo de una estrella hollywoodense y jamás tropezar. Estar starbuckisado es no quedarse atrás. Ser pionero en toda conversación starbuckisada y poder afirmar con sonrisa starbuckisante: “Yo fui”. “Lo probé”.

Estamos starbuckisados porque nacimos para eso. Para hacer cola de 40 minutos por un café. Ahora. Ya. Minutos después de su llegada al país más sudaca de los sudacas. Y me imagino a John Starbucks con un mapa en su escritorio. Imagino su dedo punzante girando sobre un eje. Ahí va el dedo. Cuidado. Te dije que ahí va. Llega. “Me dijeron que los argentinos son sumamente starbuckisante, ¿es cierto?”. Claro que sí John. ¡Adelante y bienvenido!